Querida Magda:
Es tarde ya para discursos inteligentes. No es la clarividente hora de los insomnios de madrugada que tantas empresas impracticadas generan en la volátil memoria del que se vuelve a dormir antes de despuntar el alba. Pero un breve encuentro con el universo vacío del procesador sirve para volver a recrear el bin bang de las mil ideas impredecibles constreñidas en la putrefascible masa encefálica.
Suena en la radio una cuestión trascendental: las elecciones a presidente del fracasado primer club de fútbol español, tema que focaliza al angustia vital de millones de subciudadanos. ¡Bendito bálsamo que embriaga a tantos parados fabriles, a tantos huérfanos del ladrillo, a tantos emigrantes del estado del bienestar, de cuyos rescoldos agonizantes aún se nutren con la convicción de que la teta se seca irremisiblemente, en esa menopausia social que les llevará dentro de poco a la purita lucha por la subsistencia proteínica!
El texto crece como un hongo maligno y terrorífico, sin juicio ni control, cargado de una hiel vitriólica que a nada conduce y que para bien poco sirve. Mañana tratamos en el programa de radio del amor carnal, en concreto del desamor carnal de la mujer llamada técnicamente "disfunción sexual femenina". El tema tiene tirón, gancho, y promete una buena audiencia si el publico potencial conociera de antemano el contenido.
El sexo, con amor o sin él, en grupo, en pareja o en solitario, es la mejor cortina de humo de esta crisis descomunal como órgano de estrella porno, que nos sodomiza a todos, a unos con solo la puntita, a otros hasta el nudo, pero que no da gusto por más que se repitan compulsivamente sus empellones. A mi aun no me ha llegado, y si llega, pues antes que relajarme y disfrutar, trataré de situarme en ese plano existencial donde lo material adquiere una dimensión superflua, casi de incordio, de manera que mis requerimientos mercantiles se reduzcan a los de los anacoretas: una túnica, unas raíces, unos sorbos de agua y la inmensa presencia del Dios de los ateos, representada por el lejano e inalcanzable horizonte que limita el desierto. Solo un lujo pretendería, una superficie, virtual o real, donde plasmar cuatro palabras que apenas tienen sentido ni para el que las dicta. Pero no importa, también da lo mismo que nadie las lea. No son más que una mirada al espejo de una cara sin afeitar y una pelambrera medio calva y despeinada en la soledad del cuarto de baño. Cuando salga por la mañana, perfumadito y recién duchado, el discurso será otro, puede que hasta alegre.
Buenas noches.
Es tarde ya para discursos inteligentes. No es la clarividente hora de los insomnios de madrugada que tantas empresas impracticadas generan en la volátil memoria del que se vuelve a dormir antes de despuntar el alba. Pero un breve encuentro con el universo vacío del procesador sirve para volver a recrear el bin bang de las mil ideas impredecibles constreñidas en la putrefascible masa encefálica.
Suena en la radio una cuestión trascendental: las elecciones a presidente del fracasado primer club de fútbol español, tema que focaliza al angustia vital de millones de subciudadanos. ¡Bendito bálsamo que embriaga a tantos parados fabriles, a tantos huérfanos del ladrillo, a tantos emigrantes del estado del bienestar, de cuyos rescoldos agonizantes aún se nutren con la convicción de que la teta se seca irremisiblemente, en esa menopausia social que les llevará dentro de poco a la purita lucha por la subsistencia proteínica!
El texto crece como un hongo maligno y terrorífico, sin juicio ni control, cargado de una hiel vitriólica que a nada conduce y que para bien poco sirve. Mañana tratamos en el programa de radio del amor carnal, en concreto del desamor carnal de la mujer llamada técnicamente "disfunción sexual femenina". El tema tiene tirón, gancho, y promete una buena audiencia si el publico potencial conociera de antemano el contenido.
El sexo, con amor o sin él, en grupo, en pareja o en solitario, es la mejor cortina de humo de esta crisis descomunal como órgano de estrella porno, que nos sodomiza a todos, a unos con solo la puntita, a otros hasta el nudo, pero que no da gusto por más que se repitan compulsivamente sus empellones. A mi aun no me ha llegado, y si llega, pues antes que relajarme y disfrutar, trataré de situarme en ese plano existencial donde lo material adquiere una dimensión superflua, casi de incordio, de manera que mis requerimientos mercantiles se reduzcan a los de los anacoretas: una túnica, unas raíces, unos sorbos de agua y la inmensa presencia del Dios de los ateos, representada por el lejano e inalcanzable horizonte que limita el desierto. Solo un lujo pretendería, una superficie, virtual o real, donde plasmar cuatro palabras que apenas tienen sentido ni para el que las dicta. Pero no importa, también da lo mismo que nadie las lea. No son más que una mirada al espejo de una cara sin afeitar y una pelambrera medio calva y despeinada en la soledad del cuarto de baño. Cuando salga por la mañana, perfumadito y recién duchado, el discurso será otro, puede que hasta alegre.
Buenas noches.