¡Querida Magda!
He dejado olvidado en el hotel el libro a medio leer de Javier Cercas. Veinte euros perdidos, lo tendré que volver a comprar, o quizás lo busque en la biblioteca, que tanto ánimo de posesión tiene cada vez menos sentido.
Somos más consumistas que usuarios, todo el mundo conviene en que asociamos la felicidad a la posesión de las cosas. La probabilidad de que relea el libro de Cercas es escasa, aunque soy de los que vuelven a las mismas lecturas lo mismo que el criminal obsesivo, que no el profesional, vuelve al lugar del crimen. Pero solo necesito tenerlo disponible el tiempo que tarde en leerlo. De ser "mío", después solo ocupará un lugar, habrá que gestionar su guarda, su conservación hasta el momento que por una u otra vía dejemos de poseerlo. ¿Que necesidad tenemos de sentirnos propietarios de objetos que apenas usamos? Y aunque los usáramos, ¿para que hace falta ser su dueño exclusivo?
En algún lugar leí que un altísimo ejecutivo japones de una marca de electrónica, ya retirado, al fallecer solo tenía para su uso una habitación con una estera, una luz y un estante para depositar sus gafas y el libro que leía. Aparte, un kimono y unas sandalias: poco más. Miro a mi alrededor y tengo la estancia que llamo estudio repleto de objetos que no uso, pura manía fetichista: vídeos que nunca me apetece ver, discos que apenas escucho, libros por si algún día me da por leerlos, instrumentos musicales que no se tocar, más silla que culos que sentar, más mesas que codos que apoyar, más chismes que cajones que llenar y más muebles atestados de chismes que sitio donde ubicarlos. Y varias veces en mi vida me he deshecho de una ingente cantidad de cosas útiles que nunca necesitaba y cuando me hacían falta no las encontraba, por lo que las tenía que adquirir doblemente. ¡Esto es absurdo! Y aún no he dejado de comprar, aunque voy aprendiendo. Una amiga me contaba el otro día que le pasaba lo mismo.
Si analizo lo que necesito, me quedo con el sofacáma -la estera es para los chinos- la mesa con el ordenador, una radio y un armarito para un par de mudas. El resto de la habitación, llena de espacio blanco que, a falta de la inmensidad del desierto o de la infinitud del mar, permita extenderse la vista. Solo faltaría dotarme de tiempo, no está en el mercado, al menos no lo localizo, y eso habrá que obtenerlo fuera de eéte, pues mercado y tiempo son incompatibles. Hay un sucedáneo que llaman ocio, pero está adulterado por el mercantilismo y el utilitarismo y no me sirve. ¿Saben lo que necesita un pigmeo para su supervivencia? una hora al día. ¿y nosotros?¿ocho, diez, quince...? ¡Y luego los llamamos primitivos y nosotros, desarrollados!
Un beso
Cándido
Somos más consumistas que usuarios, todo el mundo conviene en que asociamos la felicidad a la posesión de las cosas. La probabilidad de que relea el libro de Cercas es escasa, aunque soy de los que vuelven a las mismas lecturas lo mismo que el criminal obsesivo, que no el profesional, vuelve al lugar del crimen. Pero solo necesito tenerlo disponible el tiempo que tarde en leerlo. De ser "mío", después solo ocupará un lugar, habrá que gestionar su guarda, su conservación hasta el momento que por una u otra vía dejemos de poseerlo. ¿Que necesidad tenemos de sentirnos propietarios de objetos que apenas usamos? Y aunque los usáramos, ¿para que hace falta ser su dueño exclusivo?
En algún lugar leí que un altísimo ejecutivo japones de una marca de electrónica, ya retirado, al fallecer solo tenía para su uso una habitación con una estera, una luz y un estante para depositar sus gafas y el libro que leía. Aparte, un kimono y unas sandalias: poco más. Miro a mi alrededor y tengo la estancia que llamo estudio repleto de objetos que no uso, pura manía fetichista: vídeos que nunca me apetece ver, discos que apenas escucho, libros por si algún día me da por leerlos, instrumentos musicales que no se tocar, más silla que culos que sentar, más mesas que codos que apoyar, más chismes que cajones que llenar y más muebles atestados de chismes que sitio donde ubicarlos. Y varias veces en mi vida me he deshecho de una ingente cantidad de cosas útiles que nunca necesitaba y cuando me hacían falta no las encontraba, por lo que las tenía que adquirir doblemente. ¡Esto es absurdo! Y aún no he dejado de comprar, aunque voy aprendiendo. Una amiga me contaba el otro día que le pasaba lo mismo.
Si analizo lo que necesito, me quedo con el sofacáma -la estera es para los chinos- la mesa con el ordenador, una radio y un armarito para un par de mudas. El resto de la habitación, llena de espacio blanco que, a falta de la inmensidad del desierto o de la infinitud del mar, permita extenderse la vista. Solo faltaría dotarme de tiempo, no está en el mercado, al menos no lo localizo, y eso habrá que obtenerlo fuera de eéte, pues mercado y tiempo son incompatibles. Hay un sucedáneo que llaman ocio, pero está adulterado por el mercantilismo y el utilitarismo y no me sirve. ¿Saben lo que necesita un pigmeo para su supervivencia? una hora al día. ¿y nosotros?¿ocho, diez, quince...? ¡Y luego los llamamos primitivos y nosotros, desarrollados!
Un beso
Cándido
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