martes, 24 de abril de 2012
Olvidada
Como un juguete viejo, como un de esos artilugios electrónicos que compramos con ilusión en las tiendas de los nuevos mercachifles de oriente, y que después abandonamos en el cajón de los trastos incalificables -los calcetines con los calzoncillos, las camisetas con los bañadores y lo demás... al totum revolutum del último cajón- así te tengo yo, querida Magda, ejemplo virtual de abuso de esta amistad perfecta, siempre esperando, siempre dispuesta.
Cuando leo mi última carta me entra pereza reflexionar sobre los acontecimientos sobrevenidos. Si tuviera que narrártelos, lo harían ahora con la ligereza de una brisa mañanera de agosto, sin ganas de trascender ni de buscar substancia en el asunto, pues el tema a estas alturas me resulta manido hasta para mí mismo, de tantas vueltas que esta historia da sobre si misma. Quizás, azuzado por algo de sueño y de cansancio, trate de resumirlo en un pretencioso prodigio de síntesis -aunque virtuoso no me considero en nada-: el amor es una ventolera. Y no lo digo por mí, que ya sea brisa, viento o huracán , soplo siempre en la misma dirección.
Un beso, querida Magda.
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